Aunque Bécquer es bueno en la cama

odio que odie

verme fumar en la ventana.

 

Le digo que no es nadie,

que escribe mal,

que sólo le rinden culto viejas profesoras de lengua de secundaria

que visten recatadas;

labios fruncidos y cojines de pelo de gato.

 

Él nunca se enfada,

ni pierde la paciencia.

Tiende a tapiar sus insuficiencias con alcohol

y cuando bebe,

me hace reir.

 

Odia todo lo que leo

y cuando bebe lo critica.

Mi afición lorquiana, acerca

mi mechero a las Hojas de Hierba

y yo me encojo en mi asiento temiendo por las barbas

del viejo Whitman o de Valle-Inclán.

 

Es perspicaz, tiene razón cuando habla,

lástima que la pierda

al escribir todas esas chorradas.

Dice: “si Lorca me hubiese leído a mí…”

 

El pobre Bécquer aún no lo sabe.

O se niega a reconocer que forma parte del abono que levanta nuestros

centros comerciales,

nuestra conciencia colectiva.

 

¡Poesía eres tú!

Me dice.

Doblo el papel y lo guardo debajo de la lengua.

Yo no soy poesía.

Soy ropa de Zara, café del Starbucks,

soy verde como

fajos de billetes de cien euros a lo largo de mi vida escasa.

 

No es cierto, yo bebo agua mineral

y sólo tengo sueño cuando estoy fuera de la cama.

No sirves para esto, estás muerto,

estás mal celebrado en las páginas del Romanticismo español,

eres el peor de tu generación.

Pero por favor, vuelve a la cama.

La espalda de los gatos se curva, se enerva, se eriza.

Las tazas de té dan un golpe seco sobre el plato de porcelana

en los salones de muñecas enfadadas.

 

La manzana a rodado hasta mis pies y he perdido

la fuerza.

Apago el cigarrillo en los papeles de su escritorio.

Dejo un camino breve y gris de ceniza,

soy un camino breve y gris que no conduce a ninguna parte

en su vida tranquila y eterna,

en su ignorancia serena,

acuática.

Perdóname, aún no sé escribir más que ruido.